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Doña Chefa sufrió un ataque
de nervios al saber de la muerte de su marido. Verdad es, que, tanto
las buenas lenguas, como las envidiosas, aseguraban, que no
había matrimonio que se llevara tan bien. Los veintidós
años ahora interrumpidos con la muerte de Taquio (diminutivo de
Eustaquio) comprobaban dicha apreciación.
Cayó la pobre señora con un
ataque de espasmos; sudaba todo su cuerpo; y temblaba tanto, que
tuvieron que llamar a Goyita, la enfermera. Gracias a la
sabiduría de Goyita, a un té caliente de hojas de
naranjo, un emplasto de salvia en la frente y a unas pastillas para los
nervios, doña Chefa mejoró. Se le quitaron los temblores
y estaba más calmada; a pesar de que lloraba constantemente; a
la vez que se preguntaba en voz alta: «¡Dios mío!,
¿Por qué no me llevaste junto con él?»
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Cayó la pobre señora con un
ataque de espasmos;
sudaba todo su cuerpo; y temblaba tanto, que tuvieron que llamar a
Goyita, la enfermera. Gracias a la sabiduría de Goyita, a un
té
caliente de hojas de naranjo, un emplasto de salvia en la frente y a
unas pastillas para los nervios, doña Chefa mejoró. Se le
quitaron los
temblores y estaba más calmada; a pesar de que lloraba
constantemente;
a la vez que se preguntaba en voz alta: «¡Dios mío!,
¿Por qué no me
llevaste junto con él?»
Durante el velorio se mantuvo doña Chefa lagrimeando sobre el
féretro. Su hija, y demás familiares le aconsejaban que
descansara un poco; y la consolaban con lágrimas en los ojos.
Era un cuadro patético ver a la pobre doña Chefa abrazada
al ataúd; llorando y pidiendo al señor que le deparara la
misma suerte que al finado. «Pues, sin su Eustaquio no
podía vivir.» No hubo más remedio que dejarla hacer
su voluntad y verla abrazada al féretro hasta la llegada del
día. Cuando los amigos y familiares comenzaron a sacar el
ataúd, doña Chefa dio un alarido; cual si le hubiesen
enterrado un puñal en las entrañas; cayó de bruces
al suelo en medio de agitadas convulsiones; gritando, pataleando, y
soltando, según la apreciación de los allí
presentes, una baba amarilla por la boca.
El entierro se retrasó más de una hora en lo que lograron
calmarla. Esta vez, hubo que enviar por el médico; ya que los
esfuerzos de los presentes resultaron vanos. Prosiguió el
entierro; era un entierro de pobre; pero muy a gusto. Había
muchas flores y era muy concurrido; (Taquio gozaba de gran aprecio y
simpatía en la comunidad). La que daba pena era doña
Chefa; el llorar y el sufrimiento de las últimas horas le
habían hinchado los ojos. La nariz se le veía larga
debido a las ojeras; y sus labios extremadamente rojos contrastaban con
sus mejillas sin sangre. Fue tal el griterío que formó al
sacar el muerto, que durante la marcha del entierro se notaba en ella
el cansancio; aunque muchos familiares opinaban que por fin, gracias a
Dios, le había llegado un poco de resignación.
En el cementerio, frente a la fosa, el despedidor de duelos dejaba
libre su inspiración y rompía sus palabras en
quejumbrosos y doloridos ayes sobre la vida y obras del difunto:
« …hombre íntegro, humilde, servicial, desprendido,
honrado y caballeroso… » Arrancaba lágrimas en todos los
allí presentes ver y escuchar despedir de una manera tan solemne
a aquel buen hombre. Tuvo el despedidor de duelos que acortar, pues, el
llanto de doña Chefa se hizo tan hondo que, temiendo le fuese a
dar otro ataque de nervios dio fin a sus palabras.
Acomodaron la caja de muerto sobre la fosa, arreglaron la cuerda con
que habían de bajarla y removieron el tablón que sujetaba
el ataúd. Comenzaron a soltar la cuerda poco a poco y el
ataúd comenzó a descender. Doña Chefa gritaba a
todo pulmón: «Dios mío,
¿por qué me dejas sola?; ¡Llévame con el!;
¡Llévame!» Y luchaba la pobre señora con los
que querían calmarla. Gritaba y lloraba con los brazos
extendidos hacia la fosa, diciendo: «¡Me quiero ir con
él!; ¡yo me quiero ir con él.»
Era tal el dramatismo, de la pobre señora, que el hombre que
sujetaba el extremo de la cuerda, olvidó lo que estaba haciendo,
por secarse los ojos empapados en lágrimas. La cuerda halada por
el peso del ataúd se enrolló como una serpiente en la
pierna de doña Chefa; halándola de tal suerte que,
perdió el equilibrio; y cayó en la fosa junto con el
ataúd. Se hizo un silencio enorme ante suceso tan imprevisto y
por unos instantes nadie supo qué hacer. Desde la fosa,
Doña Chefa gritaba: «¡Sáquenme de
aquí! ¡No me dejen aquí! ¡Por favor,
sáquenme de aquí!»
Nadie pudo aguantar la risa de aquella situación tan
ridícula. En lo que doña Chefa, apresuradamente,
subía por la escalera que el sepulturero proporcionó,
algún chistoso murmuró: «No es lo mismo llamar al
diablo, que verlo venir»
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