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«Al señor investigador, que lee mis cartas:
Sé que desde hace mucho tiempo la oficina de
seguridad para la cual usted trabaja me viene investigando;
que han recopilado información sobre mí en las
oficinas administrativas de la universidad en la que
trabajo. Que en múltiples ocasiones han matriculado
agentes en el curso sobre derecho laboral que ofrezco, que
tienen información de mi nacimiento, que han
investigado mi crédito, mis expedientes
académicos desde la escuelita maternal hasta el
presente. Que tienen y revisan constantemente mi expediente
médico y conocen mejor que mi propia progenitora
todas y cada una de las enfermedades y dolencias que he
padecido. Que han investigado mi afiliación
política y religiosa, que han intervenido y
continúan interviniendo mi teléfono y mi
correspondencia.
Sé también que poseen extensa
información sobre mis parientes, familiares, amigos y
colegas. Que para recopilar y mantener al día toda
esta información, la cantidad de dinero que su
Agencia invierte supera por mucho lo que devengo en sueldo
como profesor.
Si le expongo todo ésto, que ya usted sabe, no lo
hago con la esperanza de persuadirle a que
descontinúe lo que por años ha sido su
trabajo, sino más bien para apercibirle de que tanto
usted como yo somos víctimas. Usted me investiga,
intercepta y lee mi correspondencia, pues bien, otra persona
le hace lo mismo. ¿Acaso ignora que a usted
también se le lleva un expediente?, que
ocasionalmente sin que se dé cuenta se le retrata, se
le interceptan sus llamadas telefónicas, su
correspondencia etc. todo con iguales
propósitos
Ya sé que usted, al igual que
yo al principio, se negará a creerlo; pero, si
invierte un poco de su tiempo de seguro que con su habilidad
investigativa descubrirá por sí mismo la
verdad. Entonces, y solo entonces, se dará cuenta de
que también es víctima de ese terrible
monstruo que diariamente alimenta.
Muy cordialmente le queda,
José Ricardo Montañez.»
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Al terminar de leer la carta me
eché a reír, pensé que el tal
Montañez además de subversivo también
estaba loco. Porque, ¡a quién en su sano juicio
se le ocurriría escribir este tipo de carta!
Además, ¿cómo sabría él si
yo la leería?
Decidí guardarla como una especie de trofeo, la
enseñaría en la próxima reunión
de fin de mes, de seguro será un buen tema de
conversación, los compañeros habrán de
gozar de la ocurrencia tanto como yo; eso me dije
entonces.
Esa noche, aunque cansado, no podía conciliar el
sueño, la peregrina idea de que fuese cierto, de que
se me estuviese investigando, revoloteaba en mi interior
como mariposa nocturna sobre un farol encendido. Aunque
trataba de alejarla de mi pensamiento la misma se negaba
abandonarme. Un tanto molesto decidí comprobar su
veracidad.
Busqué mi grabadora portátil y acoplé
el micrófono al manófono del teléfono y
conecté un multímetro en los terminales de
alimentación de la línea, de esta forma
cualquier resistencia adicional causada por alguna
intervención sería registrada por el
movimiento de la aguja del multímetro. La grabadora,
por otra parte, me serviría para escuchar el
más leve sonido captado.
Pues bien, una vez realizado lo anterior, levanté el
auricular del teléfono y disqué el
número de la oficina. El mismo sonó varias
veces, pero no me desesperé, pues sabía que la
misma trabajaba las veinticuatro horas, tal vez el
retén estaría en el baño o tal
vez
Una voz al otro lado de la línea
contestó -a obtenido usted el número 373-4546,
después hizo silencio. -es cinta verde, le
indiqué ¿cómo anda todo? -Todo
está en orden señor. Le habla
Rodríguez, en que le puedo
-apenas
escuché el resto, pues la aguja del multímetro
había ejecutado un súbito movimiento,
indicativo de haber registrado una resistencia adicional en
la línea. -no es nada, es que
que
no
tenía sueño y
deseaba
este
saludar a alguien, me apresuré a responder sintiendo
que mi contestación era vacilante y torpe.
Después de intercambiar algunas de esas frases
socorridas, que los buenos modales nos demandan,
terminé la llamada. Para salir de dudas sobre si mi
teléfono estaba o no intervenido, rebobiné la
cinta magnetofónica, oprimí el botón
que permite oír lo grabado y me dispuse a escuchar.
El silencio de la noche me ayudó a percibir con suma
claridad el clic de otra extensión telefónica
que se levantaba, junto al leve zumbido de una
máquina que comenzaba a grabar. El resto de la
madrugada lo pasé en vela, escuchando una y otra vez
el clic y el zumbido delator; que me indicaba lo que apenas
podía creer
¡mi teléfono sí
estaba intervenido!
Porque somos parientes y compadres y usted es el director
general de la Agencia; por la confianza de veinticinco
años colaborando juntos es que vengo aquí para
que me explique ¿por qué se me investiga?
¿Por qué se me investiga después de
tantos años de servirle a la Agencia? ¿No he
dedicado mi vida al fortalecimiento de la seguridad del
estado? Bien conoce que soy miembro fundador del Partido de
Protección Democrática y que durante los 28
años que lleva gobernando nuestro Primer Mandatario
siempre le he sido fiel. Por eso le reclamo.
¡Contésteme por favor! ¿Por qué se
me investiga?
-Mire compadre, yo sé que usted es un buen oficial de
inteligencia, no se deje llevar por cosas de poca monta. A
veces la agencia realiza una que otra investigación
sobre sus miembros, pero, no es lo que podríamos
llamar una investigación a profundidad, si no
más bien la recolección de uno que otro
detalle sin importancia
y usted sabe que ésto
es necesario pues la seguridad empieza por casa.
Fernández asintió con un leve movimiento de
cabeza y un tanto confundido por la explicación
abandonó la oficina de su jefe.
Arrellanado en la mullida butaca de su despacho, el jefe,
tras un lento y ceremonioso ritual encendió un
cigarro. Después de unas cuantas bocanadas de humo se
comentó así mismo en voz alta -¡Caramba!
¡Hay quienes nunca entienden que hay cosas que hay que
hacerlas por que hay que hacerlas! Como bien le dije, la
seguridad empieza por casa. Y aunque se conozca la
honestidad de las personas, tenemos que constantemente
asegurarnos de su lealtad, sin que importe el tiempo que
lleven trabajando para la agencia, ni el puesto que ocupen;
pues el ser humano es vulnerable al cambio y el pensamiento
es algo tan y tan íntimo, que, lamentablemente, no se
puede escudriñar y tiene uno que dejarse llevar por
la conducta observable Por eso tenemos el deber de
investigar continuamente. Es función primordial de
nuestra agencia mantener viva la duda
y eso lo sabe
bien el compadre, pues en ocasiones se enteró de que
realizábamos investigaciones administrativas de
algunos de nuestros empleados. ¡Claro que siempre que
esto se hacía se justificaba diciendo que era por una
queja y que lo que investigábamos era el
comportamiento del agente y que no nos cuestionábamos
su lealtad. ¡Pamplinas!, cualquier agente con
suficiente experiencia debería intuir la verdad. A
todos hay que investigarlos. Investigar a los agentes
investigadores mantiene la calidad de nuestras operaciones y
la veracidad de la información recogida. ¡Estoy
aquí para asegurarme de que así sea! Bueno, de
la Agencia soy el único que no es investigado, pues
soy el segundo en mando en el país, aunque el
Mandatario le hace creer al resto de sus subalternos que ni
la Agencia, ni yo existimos.
De pronto y sin razón aparente
se levantó, apagó el cigarro que hacía
apenas unos momentos había encendido, comprobó
que la puerta estaba cerrada, luego se dirigió hacia
el armario de la pared de donde extrajo varios instrumentos;
dedicó breves minutos a conectarlos; después
discó el número telefónico de su hogar.
Al otro lado de la línea una vocecita de algunos 7
años exclamaba: -¡Es abuelo! -supo que su nieta
le respondía con una fresca y amorosa retahíla
de palabras, que no escuchaba, pues su mirada se
había hipnotizado por el movimiento de la aguja del
voltímetro recién conectado, y su mente
sólo captaba el conocido, sordo y monótono
zumbido de una lejana máquina de grabar que
interceptaba la línea.
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