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¡Carmelo! La voz de la esposa interrumpió su
pensamiento. _¡Avanza! Tenemos que llegar antes de que
termine la hora de visita.
Su mujer se veía envejecida
prematuramente; a él se le daba que también
había envejecido. La enfermedad del nene
_pensó, tratando de reducir toda su amargura a una
sola causa. Mas en el fondo adivinaba la verdad.
_¡Carmeloo!, ¡Carmeloo!
_¡Maldito sea! Es el diablo de Moncho,
buscándote; tenemos que irnos, así que no le
des mucha lata.
_¡Pero mujer, es que
No tuvo tiempo de
argumentar; Moncho se había introducido en la casa, a
la vez que Petra, con evidente disgusto, se evadía
hacia el dormitorio.
_Carmelo, vengo a decirte que esta noche tenemos
reunión en el comité.
_Tengo que ir al Centro Médico; ya sabes
que
_¡Hombre lo sé! Pero, no puedo estar
excusándote en casi toas las reuniones.
_¡Tú sabes que
!
_¡Sí hombre, lo sé! Es que uno tiene
enemigos. Hay quien dice que te cambiaste de partido. Yo
sé que la ayuda es poca; ¡pero en estos
tiempos!
_El programa es pa' to' el que necesita.
_¡Ay bendito!, ¡Qué va, compay!
¡Qué va hombre!, !qué va! Mira, para
mí, tú eres más que mi hermano;
aún recuerdo lo que me ayudaste cuando to' el mundo
me cerraba pueltas, pero tienes que darte cuenta de que to'
es política, la más sucia y descará. Si
no te quitan la ayuda directamente te ponen tantas piedras
en el camino, ¡qué pa' qué te cuento!
Además lo de tu hijo
Tú sabes que
está fichao. Por eso es que, en el gobierno, tiene
bola negra; pues to' el que se pone en contra de los
gringos, la lleva perdía. ¡Dispués de
tanto sacrificio pa' estudiar; y de las recomendaciones! La
entrá a la Universidad y la ayudita se la
consiguieron por que tú perteneces al partido; y por
que yo, tu compay, soy el comisario 'e barrio. El Senador
Mora Ríos, jamás te ha perdonado lo de tu
hijo; él piensa que fue culpa tuya; es más, ha
dao a entender que tú
_¡Carmelo!, interrumpió su esposa, que entraba a
la sala con un bolso de compras, arrugado; donde
había acomodado cuidadosamente alguna comida, papel
sanitario, maltas, jabones, toallas y una frazada, para el
hijo que se encontraba hospitalizado.
_Mira mujer, ve tú sola. Yo iré la
próxima vez. Es que
_la decisión era muy
dura, pero, él era responsable de mantener al resto
de la familia; y él sabía
Con una tristeza muda, de persona vencida, ella
asintió con un movimiento de cabeza casi
imperceptible. Al marcharse no pudo reprimir una mirada de
disgusto hacia Moncho; no por Moncho en sí, ya que
hacían más de quince años que eran
compadres, sino a lo que éste representaba.

_Ya ve compadre, cómo se arreglan las cosas. ¡Lo
contento que estaba el ayudante del alcalde, hasta me
preguntó si todavía le hacía falta el
camión de relleno que le había prometido el
año pasao! ¡Aproveche compay el rellenito pa'l
solar!, que a la gente es buena cogerla cuando está
de boya.
Carmelo no contestó. Su mente se hallaba distante.
Eran las once y media de la noche. La reunión se
había extendido más de lo acostumbrado.
Pensaba en su mujer «Ya debería de haber
regresado. Mañana, !mañana iría a
visitarlo aunque hubiesen veinte reuniones!» Carmelo
tenía cuatro hijos, pero la mayor parte del tiempo
pensaba en Fernando, que estaba hospitalizado, o en
César. César por ser el mayor. El que
estudió en la Universidad. Al que tenían
fichado como subversivo por ser miembro del Partido
Socialista; que, aunque oficialmente no era ilegal, sus
miembros eran, para todos los efectos prácticos,
considerados como fuera de la ley. ¡Diantre! _Se
interrumpió a sí mismo _Los pequeños no
me dan problemas.
_¿Qué le pasa compay?
_Nada, nada, musarañas que se le meten a uno en la
cabeza.
  
Su corazón sintió una sacudida al ver a
los vecinos reunidos frente a su casa. Un frío
inmenso le corrió por la espina dorsal. Quiso hablar,
pero, su lengua permanecía muda; no solo su lengua,
sino sus ojos, manos y cuerpo se negaban a obedecerle. Con
voz temblorosa Moncho le incitó a seguir,
halándolo suavemente, con el brazo extendido sobre su
hombro. El aullido de una sirena añadió un
toque de terror e incertidumbre. La ambulancia se
ubicó frente a su hogar. Carmelo corrió hacia
la casa. El rojo reflector parpadeaba en la cara de los
presentes. Se escuchó la voz de uno de los
camilleros: _¡Ya es tarde!, avísale a la
estación
Su compañero asintió con
la cabeza, apagó el reflector y transmitió el
mensaje por radioteléfono.
Una vecina, entre lágrimas, le relató lo
ocurrido:
_¡Ay!, ¡Ay!, ¡Doña Petra se nos
murió!, ¡Ay! Don Carmelo!, ¡Se nos
murió! ¡Su hijo está
¡Ay!, su
hijo
¡también está muerto!
_Sacando fuerzas de cada una de sus células, de cada
átomo de su ser, Don Carmelo, le dijo con
increíble aplomo, casi con resignación:
_Cálmese, cálmese y cuénteme lo que
pasó.
_Su doña llegó cansada del Centro
Médico; como yo sé lo que son esas cosas; le
tenía separada una cacerolita de sopa, de una
gallinita del país, que me trajeron los nietos.
Cuando la vi llegar, se las traje. Me dijo que no
tenía apetito; pero, yo insistí hasta
convencerla. La estuve observando mientras comía;
estaba más triste que nunca; y más cansada.
Pensé preguntarle por Nando; pero, no quería
entristecerla más. Ella adivinó mis
pensamientos; y me dijo que Nando estaba peor; que el
tratamiento no le había resultado; que los
médicos habían perdido toda esperanza.
Traté de consolarla. Tuve miedo de verla así;
tan pálida, con los ojos hundidos
Entonces,
llegó la mala noticia. No. No fue de Fernando, sino
de César. ¡Lo mataron de un tiro, unos agentes
federales, al resistir un allanamiento en la imprenta, donde
tiran ese periódico que él se pasa vendiendo
por ahí. La noticia la trajo Tabo; él
quería hablar con usted; lo esperó más
de una hora; ella lo notó nervioso; y tanto estuvo
pidiéndole que le diera el recado que, el muy bruto,
se lo dijo. ¡Ay! Ella se sentó en la silla
y
¡Ay! ¡Ay
! ¡Ay
!
Don Carmelo se dirigió silencioso hacia el lugar
donde, los vecinos, habían colocado el cadáver
de su esposa. Lo habían acostado sobre una cama
plegadiza entre dos velas encendidas. El resplandor de las
velas, junto a la escasa luz de la pequeña bombilla
que alumbraba la sala, daba a ésta una visión
espectral.
   
Eran las cuatro de la tarde. Los cadáveres
reposaban en el centro de la sala. Los niños
gimoteaban junto a los mayores. Familiares y vecinos
hacían los preparativos para el acostumbrado velorio.
Don Carmelo, estaba sentado con la mirada fija en los
féretros; completamente mudo; sin llorar, ni moverse;
sin que su rostro reflejara tristeza. Había estado
así varias horas; sólo su respiración
entrecortada y su mirada, melancólica y fija, nos
indicaban que estaba despierto. No le afectaba el ir y venir
de los presentes, los comentarios de éstos, ni los
ruidos de la calle.
Moncho se le acercó. Venía rojo de la ira.
_¡Maldito sea! Compadre, hay una gente allá
fuera
de Fuentes Fluviales. Dicen que hace dos meses
que usted no paga la luz. ¡Desgraciados!; que ellos
reciben órdenes; que lo sienten mucho, pero,
¡Compadre, esos hijos de
le van a cortar la
luz!
Carmelo permaneció callado; ni lo oyó tan
siquiera. Su mirada fija no percibió cuando las
bombillas de la casa se apagaron. No escuchó las
protestas, ni las maldiciones que gritaban los vecinos.
Pues, su luz interior hacía varias horas que se
había trocado en tinieblas.
Noviembre de 1975.
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