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Érase una
abeja que había nacido hembra, peluda, blancuzca, y
más pequeñas que la reina, como nacen todas
las abejas obreras. Pero ésta, sin quitarles
méritos a las demás, había nacido con
el don de la simpatía. Sus compañeras la
llamaban Alitas, porque tenía las alas
pequeñas. Su cuerpo era también un poco
más pequeño que el de sus amigas, pero ninguna
se atrevía a mencionarlo porque Alitas era la
consentida de la colmena.
Cuando sus amigas escuchaban un impresionante batir de alas,
sabían que ella estaba cerca, pues aunque sus alas
eran pequeñas, lograba moverlas a una velocidad tal
que hacía temblar el piso de la colmena. En
más de una ocasión, recibió la mirada
fija de la reina, señal de que tenía que
controlar sus alas. Ella enseguida obedecía, pues,
era muy respetuosa.
Las abejas obreras son muy trabajadoras. Las cereras,
construyen los panales con cera; las nodrizas, producen
jalea real y las guardianas, protegen a la reina y a la
colmena.
Alitas no fue escogida para nodriza, ni para cerera, ni para
guardiana; por tener las alas pequeñas. Pero, como
era tan simpática la dejaban ayudar en lo que ella
quisiese.
Donde hiciera falta ayuda, ¡allí estaba Alitas!
Había que ver con qué alegría ayudaba a
las nodrizas a repartir la jalea real y a las almacenadoras
a recibir y guardar el polen recolectado. O escucharla
cantar a coro con las abejas limpiadoras, mientras juntas
aseaban los panales. ¡Y cómo bailaba y
hacía piruetas!, cuando se ofrecía de
voluntaria para llevarles la cena, de pan de abejas, a las
guardianas.
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-Mañana
saldré a recolectar polen y néctar. -
Escuchó la voz de su amiga Bombi, quien se le
había acercado, moviendo patitas y alas con mucho
entusiasmo.
-¡Qué bueno! Debes estar muy contenta.
-Lo estoy, pero... también me siento un poquito
asustada.
-No te apures, eres hábil y muy lista, todo te
saldrá bien.
-Es que será la primera vez. Nunca he trabajado como
recolectora y es por eso que tengo un poco de temor.
-No te preocupes, le pediré a la reina que me permita
ir con el enjambre. Así podré
acompañarte. Ya verás cómo nos vamos a
divertir.
-Pero a lo que vamos es a trabajar.
-Lo sé. Lo que pasa es que todo trabajo es divertido
cuando se hace de buena gana.
-¡Cierto! Mañana nos espera una gran aventura.
Iré a preparar mis cosas para el viaje.
-Y yo, a pedir permiso para acompañarte.
Al día siguiente, las recolectoras levantaron vuelo.
Bombi y Alitas iban muy contentas. El enjambre
parecía una nubecita de alas en forma de cuña.
El campo olía a flores y a agua fresca. La abeja
líder realizó una danza para señalar al
enjambre la distancia y la localización de las
flores.
-Son flores de azahar. -Comentó Alitas.
-¿Flores de qué?
-Flores de azahar, son las flores del naranjo. Tú
sabe, las flores de los árboles de chinas.
-Pero, dijiste flores de naranjo.
-A la china, en otros lugares, la llaman naranja dulce. -Le
respondió Alitas.
-¿Cómo tú sabes todas esas cosas?
-Preguntó Bombi, sorprendida.
-Lo aprendí de las abejas limpiadoras. Me gusta
trabajar con ellas, por lo cuidadosa que son y porque
siempre dejan todo limpiecito y en su lugar.
La abeja líder llamó la atención del
enjambre con nuevos movimientos. Con ellos daba
instrucciones sobre la tarea que a cada una de las
recolectoras le correspondía llevar a cabo.
Zumba que te zumba, después de haber trabajado con
ahínco, el enjambre emprendía el vuelo de
regreso. Las abejas volaban contentas, felices con la carga
de néctar y polen que habían recolectado.
De pronto, casi a medio camino, les sucedió algo
inesperado. Grises nubarrones oscurecieron la tarde y el
viento comenzó a soplar con fuerza. La abeja
líder dibujó un círculo en el aire,
seguido de un corto vuelo vertical en forma de zigzag, luego
retomó el vuelo horizontal en dirección a una
cueva cercana. Las demás abejas habían
entendido el mensaje de esta nueva danza, con ella
pedía que la siguieran, pues, las llevaría a
un refugio seguro.
Apenas hubieron entrado a la cueva escucharon los estallidos
de los truenos y vieron cómo se alumbraba, con el
destello de los relámpagos la tarde, que ya era negra
como la noche. Un copioso aguacero de gruesas gotas
comenzó a repicar sobre las hojas de los
árboles, para luego deslizarse como canicas
transparentes hasta el suelo. Allí de golpe se
deshacían en furioso chisporroteo salpicando todo lo
que encontraba a su paso.
El enjambre se había posado sobre una estalactita que
colgaba del techo de la cueva. La abeja líder
pasó lista para saber si alguna de las abejas se
había extraviado. Todas estaban presente. Luego, con
el mismo tono de voz, agradable y firme, se dirigió a
sus compañeras:
-Hemos logrado recolectar polen y néctar según
lo acordado. Todas nos hemos puesto a salvo de la tormenta
refugiándonos en esta cueva. Los ventarrones han
cesado y muy pronto dejará de llover. No obstante,
aunque quisiera, no puedo regresar con ustedes. Mis alas se
lastimaron con la lluvia y la fuerza del viento, mientras
velaba para que ninguna de ustedes se extraviara.
-Pero, ¿quién nos guiará de regreso?
-Preguntó azorada la abejita Bombi.
Al fondo se escuchó el inquietante murmullo de sus
compañeras, repitiendo como un eco, unas a otras la
misma pregunta. La abeja líder no tenía una
contestación. Un silencio de temor y dudas se
adueñó de la concurrencia.
Alitas, se dijo a sí misma: -Sin néctar y
polen no habrá alimento. Sin alimento, todas
moriremos, las que se quedaron trabajando en la colmena y
las que hemos salido a recolectar.
Sin darse cuenta, comenzó a mover con fuerza sus
alas. La cueva se estremeció. El potente batir de
alas, fue tan fuerte que hizo que sus compañeras se
olvidaran del temor y las dudas.
-¡Alitas, puede! -Gritó con alegría
Bombi, a la vez que miraba a la abeja líder en busca
de aprobación. La abeja líder movió sus
antenas en señal de consentimiento. El resto
aplaudió con entusiasmo. Alitas, la abeja más
pequeñita de la colmena había sido
seleccionada para guiar al enjambre de regreso.
Alitas cumplió cabalmente su encomienda. No
sólo trajo a las recolectoras de regreso a casa sanas
y salvas, sino que con el permiso de la reina
organizó un grupo para ir al rescate de la abeja
líder que se había quedado en la cueva.
Rescatada, la abeja accidentada venía muy contenta,
colgando de varios hilos con los cuales sus
compañeras la sostenían en el aire. Esa tarde
fue de baile, canciones y un banquete de rica
miel.
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