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Los niños la
habían recibido como regalo de Navidad.
Kiki era pequeña, blanca y con un lunar color
café en la punta de la cola. La primera noche que
pasó en su nueva casa se mantuvo acurrucada, en
silencio y sin moverse. Pero tan pronto amaneció
comenzó a ladrar. Los ladridos despertaron a toda la
familia.
"¿Será que tiene Hambre?" dijo su dueño,
un niño de siete años. Y le puso un plato con
comida, pero la perrita ni lo probó. Kiki
continuó ladrando.
"¿Será que tiene sed?" dijo la mamá del
niño y le puso un recipiente con agua. Pero la
perrita no bebió ni una sola gota. Kiki
continuó ladrando.
"¿Será que quiere salir al patio?" dijo la
hermanita del niño y le abrió la puerta para
que saliera al patio. Pero Kikí no salió, y
continuó ladrando.
"¡Ya sé lo que pasa!" dijo el niño. Fue
hasta donde la perrita y la levantó del suelo. Kiki
dejó de ladrar. El niño la abrazó
contra su pecho y dijo: es que echa de menos a su
mamá. Se asusta cuando se siente sola. Necesita
cariño y amor. Todos estuvieron de acuerdo. Desde
entonces la perrita Kiki fue parte de la familia.
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